Me encontraba en el bar de al lado del IES discutiendo con la que fue la novia de mi mejor amigo. Pero no discutíamos sobre un tema cualquiera, no, sino que Ángela me acusaba de la muerte de Marc.
“¿Crees que puedes matar a Marc, a mi Marc, y quedarte tan ancha?”
Y ponía una media sonrisa que daban ganas de estrangularla. Me sacaba de quicio.
Era consciente de que estábamos en un sitio público y no era plan de montar ahí una escenita. Pero a quién quiero engañar, ella ya la había montado con sus falsas acusaciones diciendo que yo había matado a Marc. Intenté mantener la calma unos minutos más, pensando que ya la señorita se cansaría de armar tal escándalo. Pensaba mal. La camarera tardaba muchísimo en cobrarme el maldito café. Era como si todo el mundo estuviera pendiente de cómo acababa nuestra discusión. Daban ganas de irme sin pagar, pero no, me tenía que esperar y pagarle lo que debía. Algo me decía que eso acabaría mal.
“¿Porqué no quieres, al menos, defenderte sobre mis sospechas? ¡Porque lo mataste tú! ¡Lo sé! ¡No lo niegues!”
Mi paciencia se había agotado.
Empecé a hablar. A decir todo lo que realmente yo pensaba. No me podía creer que ahora una niñata como Ángela me viniera acusando de la muerte de mi mejor amigo. Sí claro, lo mato ¿para que? ¿Para pasarlo mal yo luego, no?
El bar estaba cada vez más lleno, no tomando el café ni nada de eso, sino por la discusión entre Ángela y yo. Se había formado un círculo que nos rodeaba, y a la vez me impedía salir de ahí. Después de un rato, yo ya estaba cansada del todo. Parecía que Ángela tenía energía para dar y vender, no paraba de repetir siempre lo mismo: “Al ver que él y yo estábamos saliendo, no lo pudiste soportar y ¡lo mataste!”. Giré la cabeza a un lado, me quería ir. De casualidad vi una sombra que me resultaba familiar, que se acercaba a toda prisa. Era la madre de Marc, Gloria, acompañada del pequeño Isaac. Ángela no se había dado cuenta aún de su presencia y seguía diciendo sandeces, pero paro en seco cuando Gloria se puso a un metro de ella, con Isaac en brazos. Entonces todos los murmullos que habían llenado el bar, se silenciaron por completo. Ella se acercó a mí dejándome a cargo del pequeño. Se giró a Ángela de nuevo, la miró con una mirada intensa mientras decía:
“Aquí, si hay alguien que tiene motivos para haberlo matado, eres tú. ¿Entiendes?”
En ese momento, la media sonrisa de malvada que Ángela había conservado durante todo el rato en su rostro despareció. La intervención repentina e inesperada de Gloria la había asustado muchísimo. Gloria me miró y me hizo un gesto como para irnos de ese sitio. Nos fuimos un par de calles más para allá, con la esperanza de hallar un poco de tranquilidad. Esa tarde de viernes tuvo de todo menos eso y yo la anhelaba. Nos sentamos en los bancos de un parque:
-Gracias por sacarme de ahí, me estaba agobiando.
-No tienes porqué darme las gracias, Dayanna. Tenía que haber llegado antes.
Estuvimos un buen rato sentadas, hablando, comentando momentos del pasado y viendo como Isaac se tiraba por el tobogán. De vez en cuando, Gloria y yo nos mirábamos, las dos con lágrimas en los ojos.
“Marc era como su padre, los mismos ojos, el mismo carácter, eran los dos iguales. Y los dos se fueron antes de tiempo.”
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