Pronto encontré trabajo en un casal de verano cerca de mi casa. Fue una experiencia muy interesante de vivir. Ahí, en ese lugar, fue donde conocí a Román. Román era un chico bastante alto, ojos color miel y con una media melena que lo hacia irresistible. Él era el monitor de la clase de los mayores.
Todas las mañanas, un poco antes de las 9 pasaba por mi clase y se ponía a cantar con los niños, mientras que de vez en cuando me miraba intensamente.
Era un juego de miradas, que duró todo el mes de julio. El último día, fuimos todos los monitores a tomar algo al bar de la plaza. Todos íbamos un poco “contentillos”, cuando se levantaron a pagar las consumiciones y otros a llamar por teléfono. Román y yo nos quedamos solos en la mesa. Me hizo señales, como si quisiera que nos fuéramos de ahí y así lo hicimos. Nos fuimos a dar una vuelta para que nos diera un poco el aire. Llegamos a un parquecillo, nos tumbamos encima de la hierba y empezamos a decir cosas sin sentido. Cuando amaneció, desperté en ese mismo parque, Román estaba a mi lado con los ojos medio cerrados, sonriendo de una manera diferente… no sé, especial. Me acompañó a mi casa, iba decidido a darme un beso, pero se paró a dos milímetros de mis labios, me miró a los ojos y me dijo sonriendo:
“Qué locura la noche ¿verdad? No estaría mal repetirlo, preciosa.”
Esas palabras me hicieron pensar, y mucho. No sabía nada, absolutamente nada, de lo que había pasado aquella noche. Pero eso, hacía que yo estuviera tranquila. Hacia tiempo que no me sentía de esa forma, tan… feliz. Pasaron los días, y lo único en lo que podía pensar era en él, en Román. Él se convirtió en alguien esencial, en la razón de mi sonrisa, en la razón de mi felicidad. Pronto lo volví a ver, pero no de la forma que yo pensaba. Durante las dos semanas que estuve sin verlo, estuve pensando en como seria la próxima vez que lo vería, la próxima vez tenía que ser mágica, o al menos eso pensaba yo. Me levantaba todos los días totalmente nueva, era como si fuera otra chica, otra nueva. Era como si volviera a nacer. Era feliz, muy feliz. Y aún más cuando lo volví a ver.
Había pasado mucho tiempo, demasiado, más de lo que había querido yo. Iba yo caminando por Parets, y ahí lo vi. Saliendo de un bar. Nos quedamos mirándonos un instante a los ojos y seguimos andando. Nos giramos los dos a la vez y él me cogió de la cintura. Me abrazó con mucha fuerza: “¿Nos vamos?” Una propuesta demasiado tentadora para rechazarla ¿no creéis?
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