domingo, 26 de febrero de 2012

CAPITULO 17: A veces las cosas no llegan a ninguna parte

Pasaron los días, y lo que yo sentía por Román que supuestamente se tenía que hacer más y más fuerte, se iba desvaneció poco a poco. Llegó un momento en el que estaba con él por estar. Ya no sentía nada de nada. No lo quería. Entendí que lo que estaba haciendo estaba mal y quería cortar por lo sano pero no encontraba el momento. Justamente por esos días me vino Román a buscar a mi casa con un ramo de rosas en la mano. El detalle me encantó pero eso no cambiaba (por desgracia) lo que mi corazón sentía por él. Se comportaba de una manera de lo más romántica, como si estuviera ‘enamorado’ de mí, o algo parecido. No sabía que hacer. Me encontraba un poco confusa, sin saber muy bien que hacer. ¿Debería de cortar con él? ¿O seguir con él para que me volviera a enamorar? Estaba perdida. Pasaban los días, no paraba de pensar en estos mil y uno interrogantes que se abrían delante de mí y de Román. Llegó a tal punto que ya no podía más, estaba agobiada de tanto pensar en lo mismo y no obtener ninguna respuesta a aquellas malditas preguntas que me atormentaban día sí, día también. Decidí contárselo a Fran. Sabía que él me ayudaría, me daría consejos o algo parecido, al menos me sacaría una sonrisa y me sacaría por un instante a Román de mi cabeza.
Cuando se lo conté, suspiró: “Menos mal”. No sabía que quería decir con eso, y me quedé con una cara de interrogante. Fran, en vez de responder, optó por enseñarme directamente una imagen de su cámara de fotos. En esa foto se veía un paisaje muy bonito, lo reconocí al instante, era nuestro rincón. Las colinas verdes que inspiraban tranquilidad era lo que se veía a lo lejos. En primer plano, vi algo que, simplemente, no me esperaba. Era Román si, besando a otra chica. Era…. ¿Clara? 

No entendía nada.  Román… ¿con otra? Pero ¡si supuestamente estaba enamorado de mí! No sabía por qué había pasado todo esto.
Esa tarde con Fran nos dedicamos a cotillear a través del facebook en la vida de Clara. Efectivamente, estaba saliendo con Román.
Al día siguiente, Román estaba en mi casa a las 9 de la noche como un reloj. Iba muy elegante: con corbata y esmoquin. Le pregunté que a dónde iba tan bien trajeado. Y me contestó que tenía reserva para dos en el restaurante más caro de Barcelona. En ese momento, sin pensar, mis labios soltaron una frase que dejó a Román descolocado, sin saber cómo actuar: “Que lo paséis bien, ya le preguntaré a Clara como os lo habéis pasado”. Sus ojos se abrieron como platos, empezó a temblar, intentaba decirme algo disculpándose, pero no logré entender nada de nada. Puse mi mano sobre su hombro, le miré a los ojos y le dije que no pasaba nada que igualmente lo nuestro no llegaba a ninguna parte.

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